
Ya sabía que las fotos finales no serían lo mismo sin “mi niña” lo que no me imaginaba es que la mitad de las veces también se me iba a olvidar hacer esa foto, porque claro, no es lo mismo preparar un plato y decir “¡hazme la foto!” mientras yo sigo preparando el resto de las raciones, que servir los platos y llevarlos a la mesa para que no caduque su calor. Y claro, pasa lo que pasa, que tengo más de un plato que compartiría encantada pero no hay “foto finish”.
Cuando preparé estos “rollos” ocurrió exactamente eso, me dio mucha rabia, sobre todo porque estaban muy ricos.
En su interior: restos de pollo de corral, o por lo menos, eso decía el envase, pero nada más lejos de la realidad. Lo siento por el pollo, que no sabía a nada, y mira que intenté ayudarle con una salsilla preparada en un plis plas, pero ni por ésas.
Cuando preparé estos “rollos” ocurrió exactamente eso, me dio mucha rabia, sobre todo porque estaban muy ricos.
En su interior: restos de pollo de corral, o por lo menos, eso decía el envase, pero nada más lejos de la realidad. Lo siento por el pollo, que no sabía a nada, y mira que intenté ayudarle con una salsilla preparada en un plis plas, pero ni por ésas.

Y claro, cómo iba a tirar ese pobre y engañado pollo, había que hacer algo y le eché una mano.

Un buen sofrito de cebolla morada con mantequilla y aceite de oliva. Después, como aún me quedaban unas cebolletas finísimas de mi amigo J.D., aproveché para añadirlas a semejante compango y listo.

Con éste, ya más que aprovechable relleno, no podía hacer otra cosa que no fuera precisamente eso, rellenar. En este caso utilicé obleas chinas grandes. Bien enrolladas a modo regalo de El Corte Inglés, aunque en este caso, por supuesto, sin necesidad de pegar los bordes con celo.

Antes de plegarlos puse encima del relleno un poco de queso Philadelphia y una cuchara de mahonesa. Bien pintaditos con huevo quedaron listos para su sesión de horno, a 180º. Los acompañé con una salsa de frutos rojos. Buen final para éste, que lo era, un triste y desaborido pollo.

El caso es que sobraron 3 y claro está ¿dónde terminaron? En el congeleitor de donde hoy han salido. Dando por hecho que habían perdido el rico crujiente de su puesta de largo he creído necesario buscarles una solución, igual no es la mejor, pero el resultado ha sido más que satisfactorio.

En una fuente de horno, y después de pintar su fondo con una mano de aceite de oliva, el justo para que no se peguen pero que tampoco se refrían, los coloco y sobre ellos un par de cucharadas de esta salsa pensada para la ocasión, ni nueva ni inventada, tan sólo he mezclado mahonesa, nata líquida, un poco de mostaza y dos cucharaditas de salsa perrins.
No podía faltar, por encima, un manto de queso recién rallado.
No podía faltar, por encima, un manto de queso recién rallado.

Con el horno a 180º, dejo el tiempo justo para que su interior se caliente y al final, unos minutos de gratinado.
No son los del primer día, pero nada que envidiarles. Es otro plato, diferente, pero sabroso, nada que reprocharle.
No son los del primer día, pero nada que envidiarles. Es otro plato, diferente, pero sabroso, nada que reprocharle.
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