
Los pequeños productores de Champagne francés aseguran un apego especial hacia el producto que elaboran. Garantizan una forma de realizar el vino más próxima al corazón que a la razón, aunque sin perder la perspectiva de ésta última.
El tiempo y la experiencia invertido se convierte en el manual en el que basan su producción, y eso, extrapolándolo al plano práctico, asegura las fluctuaciones de calidad en función de las condiciones climáticas recibidas el año de vendimia, lo que enriquece al vino con una mayor carga de sentimiento y sensibilidad lejos de la anodina regularidad que caracteriza las grandes producciones.
Pierre Gimonnet es un ejemplo claro de pequeño productor, aferrado a la tradición por el aval que supone toda una vida dividida entre el campo y la bodega, pero con los conocimientos e innovaciones técnicos que sugiere la incorporación de una nueva generación cuya proyección profesional se ha basado exclusivamente en prepararse para hacer las cosas igual de bien que hasta ahora o… intentar mejorarlas.
